Mientras otros siguen buscando agua, tu máquina arranca y ya no te preocupas por ella.
Durante la estación seca, lo más importante en el pueblo no es trabajar en el campo, sino encontrar agua. El pozo de la casa del este es poco profundo y seco; el depósito de la casa del oeste está vacío. Los aldeanos van en triciclo, cubos en mano, preguntando por todas partes dónde todavía hay agua. Al verlos correr de un lado a otro, te duele el corazón: ¿cuándo terminará esta sequía?
Pero tu situación es diferente. La máquina está instalada al borde del campo, la varilla de perforación baja. Mientras otros corren a buscar agua, escuchas el sonido de la máquina en el patio. El sonido no es ruidoso; es tranquilizador. Un metro, dos metros, diez metros: has llegado. El agua brota de la tubería, clara y fresca, fluyendo hacia el cubo, fluyendo hacia tu corazón.
Mientras otros siguen preocupándose por el agua del mañana, tu tierra ya está regada. Se instalan las tuberías, se abren las válvulas y el agua fluye a los campos por sí sola. Las plántulas están bien nutridas, las hojas crecen altas y los campos vuelven a estar verdes y exuberantes. De pie al borde del campo, mirando el agua, lo entiendes perfectamente: no es solo agua, es confianza.
Se acabó buscar agua. Se acabó mendigar, se acabaron las colas, se acabó tener que aguantar la actitud de los demás. La máquina arranca y llega el agua; con agua, la vida es estable. Mientras otros siguen luchando por agua, tú ya estás sentado bajo un árbol tomando té.
Mientras otros siguen buscando agua, aquí, la máquina arranca y ya no tienes preocupaciones. A partir de hoy, son los demás los que se preocupan, no tú.
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